Cronica de Belen una ciudad donde el urbemarketing empieza a dar resultados


Para Belén, la Navidad del 2009 es, quizá, la más contradictoria y confusa de su historia. Por un lado, continúan en pie las sombras de los años anteriores, pero se pueden divisar luces que no existían hace mucho tiempo.



Se tarda pocos minutos en llegar de Jerusalén a la frontera de Belén; son sólo nueve kilómetros y medio de distancia. En medio de un paisaje agreste, a orillas del desierto de Judea, se erige un impactante muro –en algunos tramos, de ocho metros de altura– que separa las dos ciudades. Los israelíes se sienten más seguros. El joven soldado Omer, que nos pide los documentos, comenta: "Fue una necesidad para salvar vidas y evitar atentados suicidas. Cuando haya paz, yo mismo vendré a destruirlo, como en Berlín".



Del otro lado, los palestinos se sienten asfixiados. Alguien escribió en las paredes un grafiti citando al arzobispo sudafricano y líder antiapartheid Desmond Tutu: "Es inconcebible que se permita que Belén muera lentamente por estrangulamiento". Esa es la razón por la cual los dirigentes de la Autoridad Nacional Palestina hablan de "Navidad sin esperanza".



Sin embargo, al cruzar hacia el otro lado, se ven decenas de autobuses de todo el mundo, y entre los más alegres y ruidosos se cuentan los numerosos grupos de españoles y brasileños que invaden la ciudad. En estas fechas, en los hoteles no hay ni una habitación libre. Y más de un turista tiene que volver a Jerusalén para dormir. Son los grandes días de los vendedores ambulantes y de los taxistas.



La ministra de Turismo palestina, Julud Daibes, de 44 años, no esconde su satisfacción por la avalancha sin precedentes de 65.000 turistas esta Navidad: "Para mí es fundamental que vengan también el resto del año. En este nos han visitado casi dos millones de turistas, pero podemos recibir más. En el ministerio intentamos enseñarles que tras el muro hay una experiencia única".



Los dirigentes políticos de Belén están empeñados en aplicar el programa del pragmático primer ministro, Salam Fayad, para el establecimiento de un Estado palestino en dos años. "Si hay algo que debemos aprender de los israelíes es a poner en práctica una política de hechos consumados", comenta Maruan, guía turístico que se prepara para recibir a un grupo de evangélicos procedente de Río de Janeiro. "Y, hablando de hechos, espero acabar pronto con este grupo para poder encontrarme en la plaza del Pesebre con las cien cantantes y artistas españolas que nos visitan cada ano", añade.



En el café Al Ándalus encontramos un joven con aire cansado que come humus con ful y falafel. Aunque intenta hacerse pasar por un habitante local, su acento lo delata. Se trata de un ciudadano de Gaza que aprovecha la Navidad para cruzar hacia Cisjordania con un permiso especial del ministro de Defensa israelí. 300 miembros de la pequeña comunidad cristiana de la franja han cruzado el territorio israelí y han llegado a Belén. Todos ellos tienen menos de 16 o más de 35 años.



Mohamed, parco en palabras y temiendo complicarse la vida, se limita a contar que en Gaza hay tres mil cristianos, y celebran la Navidad rodeados de un millón y medio de musulmanes. El joven encarga una cerveza Taybeh, fabricada por cristianos del norte de Ramala: "En Gaza es muy difícil encontrar alcohol", explica. Al final, confiesa que gran parte de los cristianos de Gaza que finalmente lograron permiso para entrar en Cisjordania no piensan regresar. Algunos de los que volvieron a casa tras la última Navidad fueron largamente interrogados por la policía de Hamas.



Al lado de Belén, en Beit Sajur, se oye más español que árabe. Unos quince mil cristianos que aquí viven tienen parientes en América Latina o ellos mismos vivieron en algún momento en países de habla hispana. Salim es un joven cristiano palestino que tiene pasaporte de El Salvador y que en los años noventa tuvo que huir de Cisjordania a raíz de un enfrentamiento con grupos islamistas locales. Según él, los cristianos más ricos, instruidos y moderados, llevan años abandonando la zona de Belén. "Los israelíes no nos miran con simpatía porque en el fondo somos palestinos, y los musulmanes nos recuerdan a cadamomento que somos cristianos", suspira. Sin embargo, reconoce que la situación económica en Cisjordania ha mejorado, lo que podría devolver a casa a más de uno.



Samir Hazbun, presidente de la Cámara de Comercio e Industria de Belén, enseña orgulloso el boom económico que se vive en Cisjordania, especialmente en el campo de la construcción privada y pública. Rodeado de una torre de Babel de turistas de todo el planeta, reconoce: "Es cierto. Últimamente se ha producido una mejora significativa, especialmente en el campo de la construcción y del turismo, y eso empuja hacia delante a toda nuestra economía, que alcanza un crecimiento anual del 7%". Aun así, Hazbun matiza: "Sólo con crecimiento económico no se construye un Estado. Además, ¿cómo podemos convertirnos en el centro del turismo religioso estando rodeados de un terrible muro de cemento?".

HENRIQUE CYMERMAN, La Vanguardia 25/12/09

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